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Vida y obra del Dr. José Gregorio Hernández (1864-1919)

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Vida y obra del Dr. José Gregorio Hernández (1864-1919)

Mensaje sin leer por 3POTENCIAS » Jue Ene 16, 2020 11:58 am

Vida y obra del Dr. José Gregorio Hernández (1864-1919)

RESUMEN
El Dr. José Gregorio Hernández nace en Isnotú, estado Trujillo. Estudia primeras letras en su pueblo natal y se traslada luego a Caracas, para estudiar en el Colegio Villegas, graduándose de Bachiller en Filosofía en 1884. Estudia Medicina, graduándose en 1888. Presentó su tesis en: La doctrina de Laennec y La Fiebre Tifoidea en Caracas”, ambos relacionados con enfermedades bacterianas, campo en el cual centrará su profesión médica. Es considerado Fundador de la Bacteriología en Venezuela. Luego se traslada a su tierra natal para hacer medicina rural, donde recibe la noticia de que fue becado para cursar en Paris, estudios de Microscopía, Bacteriología, Histología y Fisiología Experimental. Regresa de Europa en 1991 y funda el Instituto de Medicina Experimental, el Laboratorio del Hospital Vargas y varias cátedras de Medicina, entre ellas Histología Normal y Patológica; Fisiología Experimental y Bacteriología. Esta fue la primera que se fundó en América, impulsando la renovación y el progreso de la ciencia venezolana. Perfecciona el uso del microscopio. En 1904 ingresa como Individuo de Número a la Academia Nacional de Medicina como uno de sus Fundadores, Sillón XXVIII. En 1909 renuncia a sus labores en Venezuela y se traslada a Italia, para ingresar al monasterio de la Cartuja, como Fray Marcelo. Su condición física lo hace regresar a sus actividades profesionales, docentes y académicas, en Venezuela. En 1914 vuelve a Roma, ingresa al Seminario, pero nuevamente debe regresar, por síntomas de tuberculosis. Continúa sus labores académicas y docentes hasta 1919, cuando fallece en accidente de tránsito. Durante los 23 años en que ejerció efectivamente la docencia universitaria, el doctor Hernández dictó un total de 32 cursos, en asignaturas de su competencia, con asistencia de 694 estudiantes. Hermosa síntesis analítica de una personalidad de excepción, concebida y expresada dentro de la más compleja simplicidad.

Palabras clave: José Gregorio Hernández. Bacteriología. Medicina Experimental. Docencia médica

ABSTRACT
José Gregorio Hernandez was born in Isnotú, Trujillo state. Study first letters in his hometown and then moved to Caracas to study in the Villegas College, graduating Bachelor of Philosophy in 1884. He studied Medicine, graduating in 1888. He presented his thesis: The doctrine of Laennec and Typhoid in Caracas ", both related to bacterial diseases, a field in which it will focus its medical profession. He is considered the founder of the bacteriology in Venezuela. He moved to his native land to rural medicine, where he received the news that he received a scholarship to study in Paris, microscopy studies, Bacteriology, Histology and Experimental Physiology. Returns from Europe in 1991 and founded the Institute of Experimental Medicine, Laboratory of Vargas Hospital and several departments of Medicine, including Normal and Pathological Histology; Experimental Physiology and Bacteriology. This was the first to be founded in America, promoting the renewal and progress of venezuelan science. Perfected the use of the microscope. In 1904 he enters like Individual of Number of the National Academy of Medicine as one of its founders, chair XXVIII. In 1909 he waives its work in Venezuela and moved to Italy, to enter the Carthusian monastery, as Fray Marcelo. His physical condition does return to their professional, educational and academic activities in Venezuela. In 1914 returns to Rome, entered the seminary, but must return again for symptoms of tuberculosis. He continued his academic and teaching work until 1919, when he died in a traffic accident. During the 23 years that effectively exerted university teaching, delivered a total of 32 courses on subjects within its competence, attended by 694 students. Beautiful analytical synthesis of a personality of exception, conceived and expressed within the complex simplicity.

Keywords: Jose Gregorio Hernandez. Bacteriology. Experimental Medicine. Medical education

“El más hondo fundamento de la Medicina es el amor. Si nuestro amor es grande, será grande el fruto que de él obtenga la Medicina y si es menguado, menguados también serán nuestros frutos...”

El 26 de junio de 2014 en el Paraninfo de las Academias de Caracas, se realizó un Foro en honor a José Gregorio Hernández y en él su Eminencia Jorge Cardenal Urosa Savino en su disertación que tituló “Armonía entre Ciencia y Arte” expresó “…un aspecto muy importante de la personalidad del Dr. Hernández fue, sin duda su viva fe católica y su inmensa práctica religiosa; un ejemplo de la coherencia, compatibilidad y armonía de la fe cristiana con la ciencia. Y no podría ser de otra manera, pues el tesoro de la fe y la ciencia llevan ambas al conocimiento de la verdad, reflejo del mismo Dios, la suma y esplendorosa verdad…”

En el mundo médico venezolano no existe persona de la que se haya escrito más que de este ilustre trujillano; la exaltación de sus virtudes y la aureola de santidad creada en torno a su existencia, realizada por el fervor popular, groseramente abultada por los programas de cine, radio y televisión, han desfigurado la señera silueta del maestro, su vida y su obra, creando como un mito que poco armoniza con la realidad de su imagen de médico eminente, de reconocida santidad.

Fue un hombre excepcional lo cual no lo eximió de defectos y por tanto de críticas, solo Jesucristo estuvo exento de debilidades y flaquezas. El entusiasmo de sus apologistas transformados en hagiógrafos en los que respecta a su espiritualidad, los han llevado al punto de deificar su vida, ignorando su condición humana y olvidando la responsabilidad de quienes escriben la historia; de ahí que su figura se nos presenta asfixiada por montañas de escritos, falsas anécdotas y huecas historietas, que habrá que arrojar lejos para obtener la verdadera imagen de su persona, y una estimación cabal de su obra y actuación especialmente como médico y docente, aunque también tocaremos en parte su espiritualidad pudiéndola dejar a otros más idóneos.

Expresó Carvallo en su disertación, (…) “como médico, también me siento de lado, cuando un paciente evoluciona bien, y escucho la expresión a la que estamos acostumbrados “Gracias a Dios y a José Gregorio”Y no queda más que aceptar esa convicción del paciente y su familia, y no queda otra que humildemente bajar la cabeza y seguir adelante, porque uno no se va a poner a pelear con Dios, ni con la creencia del paciente. Es lo que ocurre cuando la cosa va bien!”. Pero cuando va mal allí, la responsabilidad es completa del médico, y no del descuido de José Gregorio de no haberse ocupado, y es, entonces cuando se le dirigen oraciones para que él haga “el milagro”, prácticamente para que remiende el trabajo mal hecho por el médico! En el aspecto económico también sufrimos experiencias dignas de ser mencionadas.

Dr José Gregorio Hernandez
José Gregorio, era un médico de un espíritu superior, entregado a su ejercicio, por entero, sin ningún afán de lucro, para quien la práctica de la medicina era una oportunidad de actuar en nombre de Dios, por lo que no aspiraba remuneración alguna por su trabajo. Además, no tendría mayores cargas económicas, pues no tenía familia que mantener, y llevaba una vida muy austera. Los médicos, aunque tengamos mucha vocación, también debemos afrontar compromisos económicos, y nos vemos afectados cuando se nos echa en cara la comparación con el Dr. Hernández, en ese sentido.

Médico por mandato de su propia vocación, lo fue para hacer del ejercicio de la medicina el camino seguro de llegar al corazón de los necesitados y combinar con la grandiosidad del místico los efectos beneficiosos de las drogas y el poder consolador de la oración. Es formidable comprobar en las andanzas terrenales de José Gregorio la uniformidad de conducta para ejercer la medicina, cumplir las obligaciones de eminente venezolano y disponer de todas las fuerzas de su voluntad, que fue de piedra, y de todos los reclamos de su autocritica, que fue de cristal, para tratar de convertirse en Fray Marcelo

Por cierto la devoción católica fue tradición en la familia de Hernández, de tal manera que la tendencia a convertirse en personaje religioso, se cumplió en su tía María de Jesús, quien profesó de Clarisa en Mérida. Tuvo parentesco con el Hermano Miguel, de las Escuelas Cristianas de Ecuador, biólogo, como él, poliglota, humanista, autor de textos de educación secundaria, con el pseudónimo de GM. Bruño. Hernández, en proceso de beatificación por la iglesia católica, tuvo estrecha semejanza espiritual con hombres excepcionales.

De la unión de Benigno Hernández y Manzaneda de una parte y Josefa Antonia Cisneros y Monsilla de la otra, romántica unión de llaneros refugiados en el pueblito de Isnotú, Estado Trujillo, nace un niño a quien se dio el nombre de José Gregorio. Fue bautizado en Escuque por el padre Victoriano Briceño y confirmado en 1867 por el Arzobispo Juan Hilario Boset, apadrinado por el Presbítero Francisco de Paula Moreno, en Betijoque. Aunque venido al mundo en humildes condiciones era de prosapia ilustre, de abolengo, proveniente de linajudos solares cantábricos, una de cuyas ramas vinieron a Venezuela en el siglo XVIII.

De la unión de Benigno y Josefa Antonia nace María Isolina, en mayo de 1863, quien fallece a los 7 meses; seguida de José Gregorio, quien nace el 26 de octubre de 1864; luego María Isolina del Carmen, en mayo de 1866, quien se casó con Juan Carvallo, hijo del amigo consejero de Benigno, Inocencio Carvallo, quien fallece sin dejar descendencia, en agosto de 1922. En septiembre de 1867 nace María Sofía, quien se casa con Temístocles Carvallo Hidalgo, hijo también de Inocencio Carvallo, de quienes nacen José Temístocles (Miembro Individuo de Número Sillón XV de la Academia Nacional de Medicina en 1928, Vicepresidente de 1944-1946), Inocente, René, Blanca, Margot y Julieta. María Sofía, muere en mayo de 1898. Luego nace César Benigno, en agosto de 1869, quien se casa con Dolores de Jesús Briceño, teniendo 6 hijos: Benigno María, María Luisa, Benjamín del Carmen, Alfredo, Ernesto y Ángela. Muere en septiembre del año 1943. El último varón, José Benjamín Benigno, nace en septiembre de 1870 y muere soltero en agosto de 1894. Al final, Josefa Antonia quien nace en agosto de 1872 y muere también soltera, en enero de 1907. De manera que de los siete hermanos, sólo se casan tres y sólo dos tienen hijos, en número de seis cada uno. Mencionan María Matilde Suárez y Carmen Bethencourt, en su obra “José Gregorio Hernández, del lado de la luz”, que la niñera Juana Viloria, hija de una familia humilde de la localidad, fue quien se ocupó de cuidar al niño y distraerlo, jugando con carritos hechos con carretes de hilo.

Según Suárez y Bethencourt, en su obra, “La madre y la tía María Luisa, devotas de Nuestra Señora de las Mercedes, San José y la Virgen del Rosario, le enseñaron a cultivar esas advocaciones. Lo llevaban con frecuencia a la Iglesia, hacían visitas a familias amigas y cumplían con los enfermos, llevando palabras de aliento y consuelo. La madre muere el 18 de agosto de 1872, cuando José Gregorio tenía casi 8 años, quedando bajo los cuidados de su tía paterna María Luisa. Su madre deja como legado, además de una ternura inefable que siempre recordaría, la enseñanza religiosa coherente, sin fisuras; que lo acercó a Dios a través de la oración, las nociones del catecismo y una fe incipiente que se arraigó en el sentimiento y el ejercicio de la caridad

“...con amor de madre, marcó de manera indeleble el carácter y el corazón de su hijo”

Su padre Benigno, es un hombre que goza del éxito económico, producto de su trabajo disciplinado, y para la familia representa la autoridad y el respeto, debiéndole los hijos una obediencia indiscutible.

Miguel Yaber, en su obra José Gregorio Hernández, Hombre de Dios, Siervo de los Enfermos; afirma: “...de su padre heredó la firmeza de carácter, la constancia y el tesón para la lucha diaria, el estricto cumplimiento de sus deberes y obligaciones, la prudencia, la justicia... para que fuera un hombre de bien”.

Benigno, es un comerciante exitoso, reconocido en la zona por su posición económica, no soportando su viudez, se casa de nuevo con María Ercilia Escalona Hidalgo, el 16 de noviembre de 1876, en Boconó, con quien tuvo seis hijos: María Avelina, nacida en Isnotú, en noviembre de 1877, que muere soltera en Caracas, en julio de 1925. Pedro Luis, que nace en diciembre de 1878, y muere igualmente en Caracas, soltero, en marzo de 1918. Ángela Meri, nace también en Isnotú, en marzo de 1880, y muere en Caracas en febrero de 1904, soltera. Sira María, nació en febrero de 1882, se hizo religiosa como monja dominica enclaustrada, con el nombre de Sor María Magdalena, llegando eventualmente a ser la Priora del Convento del Rosario de las Madres Dominicas en Puerto España, Trinidad. José Benigno, nació en septiembre de 1884, se casó en junio de 1931 con Anita Espinal Sandoval, teniendo una hija que llamaron Josefina. Muere en diciembre de 1937. Hercilia del Carmen, nace en febrero de 1887, se casó con Francisco Sálvano Briceño, con quien tiene tres hijos: José Luis, Gustavo y Sálvano, falleciendo en abril de 1925. De los seis hermanos, sólo se casan dos, un varón, que tiene una hija, y una hembra, que tiene tres hijos varones.

José Gregorio era de apariencia delgada, apenas alcanzaba 1.60 de estatura, su piel era blanca, ligeramente tostada por el sol, tenía una mirada vivaz, clara y penetrante, sus ojos oscuros sabían mirar de frente e inspirar confianza. De labios delgados, frente despejada, nariz perfilada, rostro ligeramente ovalado y cabeza bien formada, tenía las manos suaves y una sonrisa acogedora y oportuna. Predispuesto a hacer bien, era magnánimo y abnegado. Baja de la montaña a los 14 años y viene a Caracas a comenzar sus estudios en el Colegio Villegas, graduándose de Bachiller en Filosofía en 1884. Ya leía a Plutarco, Kempis y Vidas de los santos. Estudia Medicina por insistencia de su padre y enrumba su mente por los caminos de la biología y no hay quien lo detenga, estudia con voracidad, como impulsado por una fuerza interior, llegó a poseer una cultura enciclopédica, era erudito y sabio, sometido a una recia disciplina; hablaba inglés, alemán, francés, italiano, portugués, dominaba el latín, era músico, filosofo y poseía profundos conocimientos de teología. Tuvo como maestros entre otros a Adolfo Ernst y Adolfo Frydensberg. En su formación como médico recibió las influencias de las teorías que tenían vigencia para el momento: El Vitalismo, la flegmasía y del miasma, para completar este conjunto de principios que regían la enseñanza de la medicina, Hernández recibió clases de Homeopatía en la cátedra de patología Interna dictada por el Dr. Manuel Porras, fundador de los estudios homeopáticos en Venezuela.

Se doctoró en medicina en la Universidad Central de Venezuela el 29 de junio de 1888. Su tesis la defendió ante Jurado y presentó sobre dos temas: la doctrina de Laennec y la Fiebre Tifoidea en Caracas, ambos temas relacionados con enfermedades bacterianas, campo en el cual se verá centrada su profesión médica ulteriormente, ya que es considerado el fundador de la bacteriología en Venezuela. Su primera intención como recién graduado fue establecerse en los Andes. Pensaba que desde Isnotú, su pueblo, podía adelantar una serie de viajes exploratorios por las poblaciones de la región, ubicar un sitio donde radicarse para comenzar la consulta médica privada y disponer de ingresos propios. En la región inicio así la practica independiente, lejos de la tutela de sus maestros, su aspiración final era viajar a París. En una carta para Santos Dominici de 1888, decía:

“Aquí he tenido varios enfermos, un caso de aborto del mes de julio y cuya hemorragia no había cesado; ya está fuera de peligro porque hace tres días que se suspendió el flujo (…) dos casos de disentería aguda, los cuales aunque han mejorado un poco no están bien todavía; un caso de tuberculosis (…) Para hacer tan poco tiempo que estoy aquí (…) me da esperanza de poder reunir dinero suficiente (…) Papá dice que él cree que haré más de tres mil pesos que pongo como cifra indispensable para poder estar algún tiempo en París”.

Andaba por los caminos de recuas; visitas domiciliarias a caballo. Andaba entre Betijoque e Isnotú viendo enfermos. En su aproximación a la práctica médica tuvo una clara conciencia de sus limitaciones y de la necesidad de continuar estudiando, indagando y buscando respuestas, en un proceso de aprendizaje que para él fue constante desde el comienzo. Pedía información a Caracas, a Dominici. Estuvo ejerciendo durante siete meses entre los poblados de Isnotú, Betijoque y caseríos aledaños. Arrostró peligros que gracias a su voluntad y control personal no le impidieron cumplir con el deber de asistir al paciente. Visitó Valera, Mucuchies y Mérida, estuvo en Colón, estado Táchira. Después de trotar por diversos pueblos de Trujillo, regresa a Caracas en 1889 cuando es becado, con la ayuda del doctor Calixto González, para cursar en París estudios de Microscopía, Bacteriología, Histología y Fisiología Experimental, a ser instituidos en el país. Permaneció allí hasta 1891. Fue alumno de Charles Richet en Fisiología. Con Mathias Duval aprendió técnicas histológicas y embriológicas. Isador Strauss le concedió una medalla, un premio simbólico como Mejor alumno que en dicha especialidad, alguna vez tuvo. Luego viajo a Berlín donde estudió Anatomía e histología patológica. Pasó por Madrid y asistió a clases con Santiago Ramón y Cajal.

A su regreso a Caracas, funda el Instituto de Medicina Experimental, el Laboratorio del Hospital Vargas y varias cátedras de medicina impulsando la renovación y el progreso de la medicina venezolana. Entre ellas la de Histología Normal y Patológica en 1891; la de Fisiología Experimental y Bacteriología. Esta fue la primera que se fundó en América. Perfecciona el uso del microscopio en forma científica.

Tres fechas marcan los estudios médicos en Venezuela: la fundación de estos por Lorenzo Campins y Ballester en 1763; en 1827, cuando Vargas crea la Facultad de Medicina y en 1891 cuando Hernández inicia los estudios experimentales, de forma científica. Con fe inquebrantable, forjada en una vida ejemplar, se ofrece de lleno a la tarea de llevar a cabo, en unión de otros, la mayor revolución en nuestros estudios médicos, ya que “con él y después, acaban los resabios. Fueron fenómenos que se observaron, hechos, apreciaciones biológicas que se podían verificar por una experimentación sistematizada y científica” al decir de Dominici, en una palabra, hizo el “desencanto”, pues no otra cosa es el papel de la ciencia, desentrañar los fenómenos que la naturaleza mantiene cubiertos con el manto del misterio.

Impulsor y pionero de la verdadera docencia científica y pedagógica en Venezuela, basada en lecciones explicativas, con observación de los fenómenos vitales, la experimentación sistematizada, prácticas de vivisección, y pruebas de laboratorio. Gran conocimiento de ciencias básicas, la química y la física, trípode fundamental sobre la que reposa toda dinámica animal. A decir de Rísquez “era un sabio casi niño”. Estudia los valores de glóbulos rojos, de la población intertropical. Escribe sobre la angina de pecho de origen palúdica, asociada a los accesos de fiebre.

Describe los tipos de angina por ateroma, por simple neuralgia del plexo cardiaco o por la obstrucción de las arterias coronarias. Estudia las lesiones de la pulmonía crupal o fibrinosa o diplococcica.

Electo para ocupar el Sillón XXVIII, como Miembro Fundador de la Academia Nacional de Medicina en junio de 1904, fue uno de sus 35 primeros Miembros. Su obra científica escrita, fue escasa si podemos decir, comienza en 1893 con trabajos en la recién fundada Gaceta Médica de Caracas. A decir de Puigbó “aunque no extensa en número, si lo fue en forma cuantitativa por su trascendencia en la medicina de la época”. En 1896 publicó su libro Elementos de Bacteriología. En 1912 cinco obras sobre temas religiosos, bellas artes, biografías y el más reconocido de todos Elementos de Filosofía.

Fue filósofo, tolerante, “el más amplio de nuestros filósofos naturalistas, a pesar de su fe cristiana integral”, al decir de Diego Carbonell. En el prologo de su obra defiende la necesidad de una filosofía personal y escribe: “El hombre de espíritu cultivado ha de poseer una filosofía obligatoria personal y propia, que ha de ser durante su vida la norma de su inteligencia, aquella de la cual ha de servir para poder existir como ser pensador”. En 1912 en una publicación de la Gaceta Médica de Caracas, el Dr. Arturo Ayala, para entonces Presidente de la Academia, entre otras cosas dijo: “…cuando lo suponíamos con la vista puesta en el lente del microscopio, para arrancarle los signos característicos de nuestras entidades patológicas, lo vemos ascender con majestuoso vuelo a las serenas regiones de la Filosofía y en sintético lenguaje, con independencia de criterio que le honra y reverencia al hombre de ciencia, aborda los mas abruptos problemas filosóficos…”.

Promovió la tesis creacionista sobre el origen de la vida “Yo soy creacionista” decía. Polémica famosa tuvo con Razetti, defensor de la evolucionista. Opinaba que la Academia no debía adoptar ninguna hipótesis, porque enseña la historia que “el adoptar las Academias Científicas tal o cual hipótesis como principio de doctrina, lejos de favorecer, dificulta notablemente el adelantamiento de la ciencia”. Mal podría Hernández negar el principio de la evolución; en su concepto del Universo lo admite, pero en armonía con la idea de Dios y así se expresa: “Ella concuerda perfectamente con la verdad filosófica y religiosa de la creación, a la vez que explica admirablemente el desarrollo embriológico de los seres vivos, la unidad de las estructuras y la unidad funcional de los órganos homólogos, la misma generación espontanea nada tiene opuesta a la creación pues muy bien puede admitirse que reunidos convenientemente los cuerpos minerales que han de constituir el cuerpo vivo, Dios concurra para animarlos”

A pesar de las diferencias de ideas, los doctores Razetti y Hernández mantenían una entrañable amistad y mutuo aprecio. El ilustre Razetti se expresaba de su colega de esta manera “…no obstante que le Dr. Hernández y yo pertenecemos a escuelas filosóficas diametralmente opuestas, una sincera amistad nos ha unido siempre y yo me he complacido en toda época de proclamar los indiscutibles méritos que posee como profesor, como hombre de ciencia y como ciudadano de conducta inmaculada…”.

A la edad de 43 años (1908) hizo su solicitud de ingreso a la Cartuja de Farneta de Lucca, Italia de Orden de San Bruno. En su escrito “Los Maitines”, se nos presenta como un docto escritor en la alborada de la Cartuja cuando nos dice: “…cabe el vecino riachuelo las ranas entonan el triste canto, su sola protesta contra aquella espesa medianoche sin luna… y más adelante…los cipreses y los mirtos se levantan orgullosos hasta el nivel de la torre del convento, y se entremezclan con las columnas del silencioso claustro…”. Allá le fue asignado el nombre de Fray Marcelo. Razetti expresó para ese entonces: “nadie tiene derecho a censurar el acto, pero todos debemos lamentar su extrema decisión, porque sustrae a nuestra actividad social un elemento útil, separa de la masa general de la nación una parte noble, apaga en la Universidad una luz y resta una inteligencia en el concierto de las actividades científicas”

El afecto que el Dr. Hernández siente por su familia es manifestado en muchas ocasiones en sus cartas, como en aquella escrita desde Puerto Cabello a su hermano César el 6 de junio de 1908, cuando decide irse la Cartuja, “Tú comprendes lo dolorosa que es para mí esta separación de mi familia, a quien quiero entrañablemente...”, luego desde la cartuja de Farnetta el 18 de noviembre, dice sentir por su familia”...el cariño más grande que se puede tener en este mundo...”

La fatiga mental del largo estudio y el excesivo esfuerzo físico quebrantaron su salud. El Superior recomendó el ingreso a otra congregación. En 1909 regresa a Caracas para seguir un curso en el Seminario Metropolitano, donde era visitado por numerosas personas. Reinicia su actividad asistencial y se reincorpora a la docencia. El 14 de septiembre de 1909 es nombrado profesor de la cátedra de Anatomía Patológica Práctica, la cual funcionó anexa al Laboratorio del Hospital Vargas y de la cual se encargó hasta la creación de la cátedra de Anatomía Patológica, en 1911, la cual tuvo asiento en el Instituto Anatómico y fue regentada por el doctor Felipe Guevara Rojas.

En 1911, el doctor Hernández, abocado a sus actividades docentes, se acogía a un esquema según el cual la enseñanza de la medicina era concebida teniendo muy en cuenta que las lecciones orales debían hacerse complementadas con pruebas experimentales específicas, de manera que el estudiante pudiera integrar en una sola síntesis formativa la teoría y la práctica. Los días lunes y viernes dictaba las lecciones teóricas; los martes y jueves la lección experimental, y los miércoles enseñaba las cuestiones prácticas relativas al uso del microscopio, los métodos del cultivo y las técnicas para adiestrar a los alumnos en la disociación de los tejidos y la preparación de muestras. En ese momento (1912) se decreta el cierre de la universidad por el ministro de Instrucción Pública. En 1912 presenta un brillante trabajo sobre Fiebre Amarilla en la Academia de Medicina. Luego presenta un trabajo importante donde pretende relacionar el bacilo de Koch y el de Hansen. Estudia el flagelo de la bilharzia entre nosotros y le dedica un sólido trabajo, de gran importancia sanitaria, donde alerta sobre la importancia de la terrible endemia poniendo en evidencia su extensión en el territorio nacional.

El 18 julio de 1913 ante el Dr. Pablo Acosta Ortiz Presidente de la Academia, presenta la renuncia a su cargo. El 24 de julio el Secretario Perpetuo en una carta le expresa que la Academia no la ha aceptado, ya que el cargo es vitalicio y no renunciable. Unos meses más tarde a esto se dirige a Roma a una nueva tentativa de retiro. Se dirige al Colegio Pio Latino Americano, para estudiar latín y teología. Una afección pulmonar (tuberculosis) lo sorprende de nuevo. Ello aunado al estallido de la I Guerra Mundial, precipitan su regreso a Caracas.

El arzobispo Monseñor Castro le aconseja continuar su labor como médico y profesor, estimulándolo de la siguiente manera “ponga su vocación en el platillo de la balanza y las necesidades de Venezuela en el otro, urgida hoy más que nunca de hombres ejemplares como Ud. A donde el fiel se incline vea la voluntad de Dios, y sígala”. La Universidad continuaba cerrada y los estudiantes de medicina se desesperaban por seguir sus estudios.

Buscando mitigar la insatisfacción del estudiantado, en septiembre de 1914, conjuntamente con su sobrino Inocente Carvallo, el doctor Hernández obtuvo permiso del director del Colegio Villavicencio en Caracas para dictar clases particulares de histología en ese instituto, actividad no remunerada que ambos desempeñaron hasta 1915. Entretanto, el 19 de diciembre de 1914, una vez aprobado el decreto ejecutivo que estableció la libertad de enseñanza en Venezuela, un grupo de médicos liderados por Razetti y Rísquez, ofrecieron a los estudiantes la posibilidad de estudiar en una escuela de medicina privada e instalada en enero de 1915, dirigida por el doctor David Lobo, entre las esquinas de Llaguno y Bolero. Pero en enero de 1916 el Ministerio de Instrucción Pública restableció el carácter oficial de la enseñanza médica al crear la Escuela de Medicina que funcionaría en las instalaciones del Instituto Anatómico en San Lorenzo. En consecuencia las iniciativas privadas para enseñar la medicina cesaron.

En la nueva Escuela de Medicina oficial, las clases comenzaron en enero y duraban seis meses. En el primer año era necesario cursar tres materias: Histología, Química y Anatomía, las cuales quedaron a cargo de los doctores Hernández, Enrique Meier Flegel y Rafael González Rincones, respectivamente; el director de los trabajos prácticos quedó a cargo del doctor José Izquierdo. Fue durante ese periodo hasta su muerte titular en las cátedras de Histología en primer año, Fisiología en el segundo y Bacteriología y Parasitología en el tercero.

Vasto y profundo en el conocimiento impartido en clases, su exposición gozaba de claridad y sencillez. Tenía la extraordinaria habilidad de poder comunicar el argumento más difícil en un discurso diáfano, comprensible. Tuvo la más alta estima en el seno de la Facultad de Ciencias Médicas y en el Hospital Vargas. Su habilidad, generosidad, disciplina y exigencia fueron rasgos que combinó en la delicada tarea de enseñar, los cuales, aunados al dominio de sí mismo y al hecho de disponer de una vasta y profunda preparación académica continuamente renovada, hicieron de él un catedrático insigne.

Hubo otra corta interrupción, pero esta vez sin apartarse del ámbito académico, ya que en 1917 viaja a las ciudades de Nueva York y Madrid para realizar estudios, quedando provisionalmente a cargo de sus cátedras el doctor Domingo Luciani. Regresa a la universidad en 1918 y se convierte en el primer profesor en enseñar a los alumnos la toma de tensión arterial. En 1918 presenta su último trabajo en la Academia Nacional de Medicina, sobre el tratamiento de la tuberculosis pulmonar con aceite de Chaulmugra. Y en 1919 un día antes de su muerte dicta su última clase en la Universidad Central. Puntual como era su costumbre, ese día llegó a las tres de la tarde al Salón (era un sábado) para dictar una lección de Bacteriología que versó sobre la morfología, coloración, cultivo e inoculación del bacilo de Hansen, causante de la lepra. Terminó su disertación refiriéndose a las manifestaciones clínicas de la enfermedad, y antes de retirarse anunció que la próxima clase versaría sobre el cocobacilo Pfeiffer. Al día siguiente ocurrió el fatal accidente. Durante los 23 años y cuatro meses que ejerció efectivamente la docencia universitaria, el doctor José Gregorio Hernández dictó un total de 32 cursos en las asignaturas de su especialidad, contando con la asistencia de 694 estudiantes.

Apasionado de la literatura, escribió numerosos artículos. Opúsculos y narraciones fuera de su producción científica, podemos citar: “En un vagón” en el que argumenta sobre el libre albedrio; “Los Maitines”, donde hace referencia a La Cartuja, y “Visión de Arte”, una graciosa fantasía literaria. Como acota Puigbó: “Su capacidad como clínico de someterse al rigor del método anatomoclínico, su capacidad de manejar los recursos derivados de las técnicas complementarias de diagnóstico y su capacidad de crear hipótesis novedosas, hace evidenciar su maravillosa obra científica”. Santos Dominici refiere: “...era un aristócrata, no tanto porque descendiese en línea recta de hidalgos de solar conocido y empenachado blasón desde el décimo siglo, sino porque lo era en sus gustos, preferencias y hábitos”

Apareció la Parca, el 29 de junio de 1919. En la esquina de Amadores uno de los pocos carros que existían en Caracas atropelló a José Gregorio (¿imprudencia de él ?). Llevado al Hospital Vargas, Razetti en compañía de los bachilleres Julio García Álvarez y Antonio Briceño Rossi certifican la muerte por traumatismo de cráneo en región parietal izquierda con fatal irradiación hacia la base. Ante sus restos en el Paraninfo de la Universidad Central, él para entonces Ministro de Instrucción Pública el Dr. Rafael González Rincones, pronunció unas palabras: “…sobre ese catafalco, negro como el abismo que la fatalidad abriera ante los pasos del Apóstol, escondido totalmente por las flores arrancadas de los jardines del Ávila, está el féretro de quien en vida, ejemplo eximio de virtud, saber y abnegación. Yo lo evoco como un hombre metódico, severo con los alumnos, didáctico y recto (…) Cuando alguien le respondía un disparate, él tenía siempre a flor de labios la respuesta incisiva, ingeniosa y llena de sarcasmo. (…). Está en los cirios trémolos, el dolor de la Patria…”

El Dr. David Lobo, para ese entonces Presidente de la docta Corporación expresó: “…la muerte, ataviada esta vez con los arreos de la tragedia, acaba de arrebatarnos un hombre eminente, prez de la sociedad venezolana, hombre de ciencia patria, caballero de la virtud y campeón fervoroso, convencido e irreductible de la religión y de su culto… ¿Dónde hubo dolor que no aliviara? ¿Dónde penas que no socorriera? ¿Dónde flaquezas que no perdonara? En su pecho generoso, no germinaron nunca el odio ni el rencor…”

Continuaron sus honras en la Catedral donde por el señor Arzobispo quien presidió los solemnes oficios de Deán y Cabildo. Llevado en hombros al Cementerio por el pueblo que así lo reclamo en un unisonó grito “El Dr. Hernández es nuestro”; Razetti expreso ante la tumba: “Cuando Hernández muere no deja tras de sí ni una sola mancha, ni siquiera una sombra, en el armiño eucarístico de su obra, que fue excelsa, fecunda, honorable y patriótica, toda llena del más puro candor y de la inquebrantable fe”. “...31 años consagrados a la práctica del bien bajo las dos más hermosas formas de la caridad: derramar luz desde la cátedra de la enseñanza, y llevar al lecho del enfermo, junto con el lenitivo del dolor, el consuelo de la esperanza...”

Ante la tumba, el Dr. Francisco Antonio Rísquez proclama: “¿Qué luces de rarísimos fulgores brotaban de aquel cerebro, en este campo intelectual de suyo tan brillante, para que yo mismo, apenas apareció en el terreno científico le apellidase sin hipérbole “el sabio casi niño”? ¿Qué chispa ultra terrena encendió en aquel cuerpo a un mismo tiempo, el cirio de la Fe Suprema, y la antorcha de la Ciencia Soberana, hasta ofrecer a la admiración de todos un arquetipo de filósofo creyente?”

El Universal, dirigido por Andrés Mara, en su edición del lunes 30 de junio de 1919, día siguiente del fatal accidente, encabeza su primera página “Duelo de la Patria y de la Ciencia”. “...eminente médico venezolano, querido y respetado generalmente tanto por su profunda sabiduría como por las nobles y generosas virtudes, que eran ornato de su espíritu”. Rómulo Gallegos con motivo de su muerte, tuvo palabras que recogieron esa imagen de hombre bueno, justo y virtuoso: “No fue el duelo vulgar por la pérdida del ciudadano útil y eminente, sino un sentimiento más hondo, más noble, algo que brotaba en generosos raudales de lo más puro de la sustancia humana; un sentimiento que enfervorizaba y levantaba las almas. (…) Cada cual había concurrido con lo mejor de sí mismo. (…) En el plano espiritual (…) cada cual buscó su luz propia y la encendió (…) Dieron así los corazones sus mejores destellos; la incomparable emoción de la lumbre interior, ardiendo ante un ideal noble, nos ennobleció la vida (…) Sin duda fue éste el más precioso don de cuantos otorgó próvidamente el doctor Hernández (…) El bien que se hace brotar espontáneamente en cada alma, porque éste nos devuelve la fe en nosotros mismos y nos hace conocer el santo orgullo de sentirnos buenos”. El Nuevo Diario, dirigido por Laureano Vallenilla Lanz, le dedica toda su primera página el día 1ro de julio de 1919.

El Dr. José Gregorio Hernández, fue un individuo esencialmente auténtico, que vivió su vida de acuerdo con sus principios y creencias, a quien no le importó el “qué dirán”, que fue un hijo obediente y respetuoso; un joven alegre, que según se desprende de sus cartas le gustaba ir a fiestas y bailar, que en sus misivas preguntaba por sus numerosas amigas, refiriéndose a alguna como “su punto débil”; un estudiante de gran rendimiento y respetuoso con sus maestros y profesores; un buen amigo, demostrado al revisar el contenido de intercambios epistolares con varios contemporáneos; un médico que entendió esta profesión, como de entrega por vocación de amor y servicio al enfermo; un investigador curioso, disciplinado y apasionado, motivado por su afán de conocer más acerca de las enfermedades, para poder ser mejor médico; un profesor de excepción, a quien todos los estudiantes apreciaban y respetaban; un familiar cariñoso, y cuidadoso y protector para con los suyos, como lo que con sus hermanos y particularmente con su medio hermano, José Benigno y sus sobrinos, José Temístocles e Inocente, cuando se vinieron a Caracas a estudiar bachillerato y luego Medicina; un hombre de una gran espiritualidad, y misticismo, que lo llevaron en dos oportunidades a intentar la vida religiosa;

Sólo quedaría preguntarse, ¿el mundo no sería diferente, si tuviésemos más gente auténtica? ¿Cómo no sentirse uno conmovido con tantas expresiones de afecto y reconocimiento por individuos del más alto nivel académico y profesional, hasta la humilde admiración por parte de los desposeídos? ¿Se puede ser indiferente ante la figura de este personaje excepcional? ¿Cómo no sentir admiración por un individuo capaz de despertar sentimientos de reconocimiento y respeto, a ciudadanos de todos los estratos sociales y todos los niveles de cultura y educación? ¡Era esencialmente un ser humano y se llamó José Gregorio Hernández! ¿Cómo no sentirse comprometido a ser buena gente? ¿Cómo no entender la Medicin, siendo Médico, en su contexto bioético, sobre todo en sus principios de beneficencia y no maleficencia? A grandes rasgos y con burdas pinceladas, un lego como yo, he intentado presentar una semblanza esquemática y sucinta, de la persona y personalidad del Dr. José Gregorio Hernández Cisneros; quien vivió rodeado del aprecio, el respeto y el cariño de colegas, discípulos, amigos y pacientes y murió, dejando tras de sí, una límpida estela de imperecedera recordación.

Su compleja personalidad estaba integrada dentro de un monolítico bloque de imposible desintegración, tanto así de que casi a cien años de su muerte, resulta aventurado pronunciarse sobre si era mejor médico, que catedrático; o si por el contrario se distinguió más como filosofo, que como filántropo o religioso; pues José Gregorio Hernández lo poseía todo y lo reunía a la vez dentro de una armoniosa y bien estructurada unidad espiritual. En razón de esta múltiple y compleja, pero bien sintonizada personalidad, puede aplicársele, sin ambages, la admirable y bien concebida sentencia con que en una ocasión, el conocido filosofo Boutroux definiera al gran Pascal, así: “Hubo en él un Sabio, un Cristiano, un Hombre. Cada uno de los tres, es el otro y los tres, no hacen más que uno”.

“José Gregorio Hernández fue un varón justo o para ser más preciso fue un santo; por eso su recuerdo quedó esculpido con caracteres de luz y fuego en la mente de los que fueron ayer y vive hoy, en la admiración de los venezolanos. Perdurará, como astro refulgente en el cielo de la Patria, para ejemplo de los que nos habrán de sobrevivir y serán la Venezuela del mañana”.
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Sabio y perfecto es uno solo “DIOS”, si naciste con un Don, eres el ser humano elegido para ayudar al prójimo por el buen camino, no te valgas de tu Don para desviarte, así como te lo dieron, así te lo quitaran antes que cante un gallo tres (3) veces.
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